Ante un dolor, un golpe o una lesión siempre nos surge la misma duda ¿en este caso tengo que ponerme hielo o tengo que ponerme calor? En realidad es más sencillo de lo que parece ya que solo hay que entender el funcionamiento del cuerpo ante la lesión que nos acabamos de producir.

En un principio todo traumatismo ya sea por golpe directo o por torcedura suele acarrear un daño tisular, que, para ser reparado, el cuerpo responde aumentando el aporte sanguíneo de la zona. Este es el modo natural de la curación en todo nuestro organismo, la inflamación. Debemos dejar que actúe pero con ciertos límites, ya que un derrame grande puede aumentarnos el volumen de la zona lesionada y eso puede favorecer el aumento del dolor inmediato tras la lesión. Como consecuencia, y visto que al ser humano eso de sufrir no le gusta nada, la acción rápida es la colocación de hielo o frío para que esa inflamación no aumente. Además el hielo tiene un doble efecto en el organismo funciona como antinflamatorio y analgésico a la vez, ya que las vías del dolor son más lentas en la percepción del sistema nervioso que las del frío, sintiendo antes el frío que el dolor.

Es fácil de relacionar una inflamación con el hielo, pero ¿cómo actuar ante un dolor que va en aumento pero que no ha empezado con ningún traumatismo, o mejor dicho con ese dolor muscular que no cesa y que llevamos con él unos cuantos días, como por ejemplo una tortícolis común? Pues como he explicado en el primer párrafo, el mecanismo básico del cuerpo para “autocurarse” es el aumento del aporte sanguíneo, con lo que ante una contractura o dolor muscular para una curación más rápida el tratamiento por medio del calor es lo aconsejable, produciendo la denomina hiperemia de la zona lesionada (básicamente el efecto más indicado de toda técnica de masaje).

Por ello, y en un resumen rápido podemos concluir que el hielo lo debemos usar ante traumatismo e inflamaciones y el calor ante dolores musculares y contracturas.